Hablemos de TDAH

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Hablemos de TDAH

Mi hija mayor tiene TDAH, y lo acabamos de descubrir el verano pasado, con ya 15 años. Os contaré como fue el camino hasta el diagnóstico y a partir de entonces.

Victoria probablemente no encajaba con el estereotipo de la niña hiperactiva: ávida lectora, le gustaba hacer actividades sentada, tocaba el piano, hacía manualidades, dormía mucho y muy bien, se mantenía sentada en la mesa y podía estar horas en el ordenador o la tv. Vamos, nadie podía sospecharlo.

Sin embargo, su rendimiento académico dejaba mucho que desear: no hacía los deberes, no entendía las matemáticas y jamás acababa sus trabajos. Esto le hizo ganarse la etiqueta de “niña lista pero vaga”: “podrías esforzarte más” eran las palabras que más escuchaba de boca de sus tutores.

En clase hablaba mucho y le costaba respetar los turnos de palabra, una característica muy habitual en niños con TDAH: la impulsividad. A pesar de su verborragia incontrolada, por lo demás no es una niña impulsiva.

¿La alarma? su bajo rendimiento escolar. No supimos verlo, pero en el colegio tampoco.

Había un problema, pero para el sistema educativo el problema era ella.

TDAH sin hiperactividad

Una de las cosas que más me sorprendió tras el diagnóstico fue el hecho de que el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad puede no tener hiperactividad. Existe el perfil inatento que es muy habitual en niñas, y pasa completamente inadvertido.

Generalmente se sobre diagnostica a a niños, porque el niño hiperactivo (sea patológico o no) MOLESTA, y si molesta hay que hacer algo. Son inquietos, alteran el ritmo de la clase y no se adaptan a las dinámicas. A veces si que se trata de TDAH, y a veces simplemente es la naturaleza de los niños.

Por eso hay que tener cuidado, por un lado de no sobre diagnosticar, pero por otro de no dejar pasar el problema cuando duele. ¿Y qué duele? duele que les baje la autoestima cuando sacan bajas notas, duele estudiar y no aprobar los exámenes, duele olvidarse algo importante en casa, duele dejarse la chaqueta en el cole, duele que sean tan distraídos y que les cueste tanto concentrarse. Duele porque al final no pueden tener una vida normal.

Su testimonio

Los problemas de aprendizaje se suelen reducir a la capacidad intelectual de los niños en ámbitos académicos. No es cierto. El TDAH no desaparece el segundo en el que sales de la escuela. Y aún que fuera así, nuestra vida gira alrededor de la educación durante toda nuestra infancia y adolescencia. ¿Cómo no va a afectarnos algo que “solo” ocupa una gran parte de nuestras vidas personales?

En primaria no me iba tan mal. Me costaban las matemáticas y las asignaturas más “lógicas”, pero había empezado a leer antes que la mayoría de mis compañeros, y en ámbitos de lengua sacaba sobresalientes. Mi tutora de primero y segundo de primaria. Fue una de las personas que me hizo sentirme mal por aprender de una forma diferente. Me decía que leía mal, demasiado rápido, que seguro que no estaba entendiendo nada. No me dejaba hacer nada, porque según ella, lo hacia mal. Yo tenía seis, siete años.

Al aburrirme en clase, hablaba. Mucho. Y eso no le gustaba, así que me pasé dos años seguidos mirando a la pared durante horas de clase y encerrada durante horas de patio junto al otro torbellino de la clase. (Que, junto a otros, me acosó durante años, pero eso a nadie le importó en mis 6 años de educación primaria. Sólo importaba lo mal que hacía las cosas.)

Cuando cambié de ciclo se jubiló, pero era tarde, me había arruinado las ganas de aprender. Ya me odiaba a mi misma por algo que no podía controlar. Creo que fue en el periodo de tercero a sexto de primaria que mi TDAH se empezó a manifestar de mala manera. Dejé de hacer deberes por completo. Me olvidaba de todo. Y mientras sacaba excelentes en inglés sin siquiera abrir los libros, sacaba ceros en matemáticas.

Mis profesores me decían que “simplemente me tenía que esforzar más”, o que “no aprovechaba mi inteligencia”. Eso me confundía. Me apuntaba los deberes, pero no sacaba la agenda de la mochila.

Al pasar a secundaria, me sentí aliviada. No podía esperar a dejar atrás la toxicidad de primaria. Estaba segura de que el instituto sería muy diferente.

Bueno, acabé primero de secundaria con varias suspendidas.

Por muy pedante que suene, el problema fue que había confiado demasiado en mi inteligencia. Había superado primaria apoyándome en ella, así que creía que podría hacerlo en el instituto también. Comprobé que no podía.

De segundo, solo me acuerdo que fue mi breaking point. No podía más. Estaba frustrada, faltaba mucho a clase y mi autoestima era cada vez más baja. Pero ninguno de mis profesores se preocupó por eso. Se centraban en los problemas y no en las causas. Fue el año que más cerca estuve de repetir.

Pasé a tercero. Había empezado a trabajar más, pero mis esfuerzos pasaban desapercibidos.  Me acuerdo de estar estudiando una tarde y distraerme con una mosca. No, no es una metáfora. Intenté volver a leer, pero mi mente no cooperaba. Fue cuando me di cuenta de que mi gran problema era que no sabía concentrarme. Sabía que tenía problemas, que me distraía fácilmente, pero no había caído en que la distracción era la causa de la mayoría de mis problemas. Abrí el ordenador y me puse a investigar sobre la falta de concentración en adolescentes. Encontré el TDAH, y para mi sorpresa, me sentía muy identificada con todo menos con la parte impulsiva e hiperactiva.

Le dije a mi madre lo que había descubierto. No me creyó, ya que todos los casos de TDAH que conocía habían sido niños hiperactivos e impulsivos. Me aseguró que  yo no tenía TDAH, que era imposible que con mi perfil de niña lo fuera.

Pasaron los meses y me di cuenta que no podia más. Le pedí a mi madre que me llevara a un psicólogo, que no era normal lo que me pasaba. Me sentía derrotada pues se me había hecho imposible llevar una vida normal, académica o personal.

Me llevó con Margot, y allí fue cuando oficialmente una profesional propuso descartar cualquier problema de aprendizaje, ya que era mi relación con el instituto lo que me estaba causando problemas de autoestima y “bajonespor llamarlos de alguna manera.

Mi visita fue en Marzo, y en Agosto ya tenia un diagnóstico y una receta para Concerta (metilfenidato) de 54g.

Esto no es un anuncio de medicamentos ni mucho menos, pero he de decir que la Concerta me ha ayudado mucho. Tiene algún efecto secundario, como la falta de apetito o la irritabilidad mientras dura el efecto de la pastilla. Pero los cambios han valido la pena. He pasado de suspender 5/7 asignaturas a pasar la ESO limpia. Hace falta añadir que la medicación no es magia, simplemente te da un empujón que se debe aprovechar, si no, no vale la pena.

También se ha de decir que todo el mundo es olvidadizo, a todo el mundo le cuesta estudiar, y todos nos distraemos a veces. Pero cuando empieza a interferir de manera que no se puede seguir el ritmo de tus compañeros, es un problema, y vale la pena considerar el diagnóstico, y si es necesaria, la medicación.

Con todo esto, este año ha sido el más fácil para mi, académicamente hablando, y doy gracias a que me di cuenta de que el problema no era solo yo, sino algo que no podía controlar.

 

Final feliz

Hoy en día Victoria es capaz de regularse con su medicación según si tiene que estudiar o incluso si en un día de ocio tendrá alguna actividad que requiera mayor concentración, y eso le da, además del plus que necesita, la seguridad de poder con cualquier cosa que vaya a hacer.

Nosotros también estamos todos más tranquilos porque ella lo está, y esto ha afectado positivamente a la familia. Por otro lado yo me he dado cuenta de que todos mis problemas académicos y de falta de memoria se debían a esto, pero de adultos los TDAH ya hemos compensado haciendo muchos esfuerzos y somos “funcionales” (aunque me sigue costando hacer cosas tan sencillas como leer un manual de instrucciones o hacer la cola del súper.).

Si ves estos síntomas, no los dejes pasar, no es que sea algo grave, pero probablemente os cambie un poquito la vida 😉

 

 

 

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